Bueno, bueno: Emil e Ignacio (y yo también, que me llamo Denis) éramos de los amigos que encontré en el colegio. Mejor todavía, durante los últimos dos años, en unas temporadas en las que por esos azares u oráculos de no sé qué clase, pasamos juntos buena parte de nuestro tiempo, que si bien se inició en el aula de clase, después se extendió a mi casa, de repente a la de Güili Savor incluso, aunque de preferencia a la de Emil. El glorioso PDH 03-04, qué bonito recuerdo, no se me borra cuando Parra preguntó, un poco al voleo, un poco para Ramos, que si alguien tenía en la memoria el nombre de la barca de totora con la que el pusilámine de ¿Thor? Eyerdhal comprobó -empíricamente, si me apuran- la factibilidad de la teoría de inmigración polinésica para el posterior poblamiento del continente americano, y Ramos que contesta, cosa que no se le olvida a nadie, lo doy por firmado, que Matahari y todo es risa, espanto, incredulidad, pero sobre todo una risa homogénea y esperpéntica, y alguno entre los doce o trece que estábamos ahí sentados intentaba ser un buen compañero, minimizar la carcajada y explicarle que no, que él -cómo le explicamos a Ramos una nimiedad del tipo, pensé, apenas me rozó el primer lagrimón en las coloradas mejillas- se refería a la no menos célebre espía de los aliados (no me atrevería a asegurar si era rusa o rumana), instalada de suyo en la Alemania Nazi, en vez de la Kon Tiki, que de paso es un nombre mucho menos teutónico, erótico y/o sugerente; a Narigón Castillo (se enamoró de una canadiense y me ha contado Savor, verdadera piedra de tope, que hoy trabaja para el gobierno federal de Ottawa y "se ha vendido a las matemáticas", de acuerdo a nuestros códigos juveniles; especíicamente al género de las finanzas), pidiendo permiso a un Parra visiblemente, impostergablemente ruborizado para salir a tomar un poco de aire, a eso me refiero cuando conmino la imagen, y en rigor, la errata. Los amigos del colegio.
Con ellos aprendí a beber, con ellos pude discutir sobre política (nunca más volví a hacerlo con tanta libertad) y a planificar el futuro más próximo, para mayores datos la carrera universitaria que seguiríamos. Eso era todo: la displiscencia del que giró un mapamundi en la biblioteca y lo detuvo con un dedo e inquirió que aquí vamos, no sé si me entiende. Ignacio decidió que leyes, y así lo hizo: estudió, madrugó, se enamoró y nunca paró de acostarse con su primer amor, y se tituló al cabo de cinco o seis años, ya no lo recuerdo (lo cual es un decir, porque es la fecha, lo es). Hoy aparece en la televisión, aunque sólo de vez en cuando, pero a mí me alcanza para buscar entre los esparadrapos todavía lúcidos de mi conciencia -que equivaldría a decir, no contaminados por los alucinógenos, sustancias a la que no dejé nunca de ser adictivo, asimismo con los crucigramas y a jugar a dármelas, rizomático, del Dr. Emmett Brown (el "universo paralelo", ya recordarán, posible sólo en sincronía de pizarrón y tiza)- para traer a colación el momento en que le decía, con un par de roncolas en el cuerpo "weón, tú vai a salir en la tele, hablando cualquier weá, de Eurolatina, ponte tú, y después yo diré así como 'aquí, desde el Palacio de Tribunales ha informado Denis Camisola, adelante estudios', o te hago preguntas, no sé" con una voz al borde de quebrarse por palmotearle el hombro, desenfundar un Viceroy y decirle que cómo nos ha cambiado la vida, te acuerdas cuando Ramos confundió la ubicación de la próstata en las clases del humanista. Sería una trivialidad, es cierto, que nos pondría con ánimos de un partido de fútbol a la usanza de la liga árabe (igualmente gloriosa, no faltaba más), y también lo más lógico, el camino menos doloroso para romper el hielo, para distender la distancia, y no hay redundancia en ello, que existirá entre un prestigioso, hábil abogado y un periodista sin trabajo ni talento, sietemesino y acaso muerto al momento del alumbramiento en el periplo ciego de las letras, flagelado por los cocainómanos (no necesariamente por el polvo mismo), y fuera de ello pero no menos importante, absorto en un fracaso completo. Me dije: demasiado Proust. Juro que sería incapaz de repetir una estupidez como esa. No tendría cómo, por lo que Ramos, dondequiera que estés, te lo agradezco, moreno. Oro por ti, oro por mí.
Emil Ibarra, a propósito, es lo que llamaríamos otro cuento: también eligió leyes, es cierto, pero ya desde antes de salir del colegio (acontecimiento de más de quince años ha) andaba hinchándonos con que quería seguir su pasión, la de Friedrich, Sören, Inmanuel y los demás, o sea la filosofía, pero mírate ahora, Ibarra: quién se imaginó que terminaste en esto por culpa de una mujer. Nadie tenía entre sus posibilidades que seguirías siendo, después de harto tiempo ya (pensamos que por plata, que el trabajo de croupier era una mediocridad), un sicario en la madurez -todos estamos ya sobre los cuarenta- y respetado en el submundo que ahora te corresponde e insufladamente gobiernas. Y plata tienes, te sobra el metálico, pero no incurrimos en que matar se haya transformado en una redención o el único camino para la crítica, no me queda claro a quién citaste esa única vez para explicarme, para un "18", lo que todavía me parece sin émbolos o pistones suficientemente bien calibrados (mi desquite: en la cárcel me he encontrado con Roque, quien me ha enseñado algunos conceptos básicos de la termodinámica, y yo los he aceptado de buena gana porque todavía no me rindo con la frugalidad de mi acervo del léxico y está por verse si dejo boquiabiertos el día de mañana a los de la Academia en pleno). Nada me queda claro con Emil Ibarra; quiero decir: nunca lo sospeché; o lo sopesé, siquiera. Lo que no deja de parecerme terrorífico, si he de parafrasear a otro más del montón, Gato Hebreo, galán empedernido quien podría haber vomitado, pongamos por caso, hace cinco minutos el vodka naranja e igual se mandaba unas frasesitas que nos remecía lo poco y nada que nos iba quedando de ontológico a esas horas de la noche: es raro que sea tan animal con los tenedores, dijo, y me inspiré para escribir un relato breve, un cuento, que me tiraron por la cabeza a la semana siguiente.
